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sábado, 28 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO... SÁBADO Y DOMINGO DE RESURECCIÓN

SÁBADO SANTO: Fuego en la madrugada, Gloria anticipada.

            La Soledad ha abandonado la Iglesia y se ha marchado a descansar, a velar a su hijo en la tranquilidad de la cochera. Ahora, desde la ermita de San Bartolomé, la cofradía de Ánimas sale en voto de silencio con sus hachones, sus túnicas de arpillera y sus verdugos acompañando a la Cruz hasta la repleta Plaza. La coral Ars Nova avanza abriendo camino con un Kyrie de Mozart. Kyrie Eleison. Al llegar a la puerta, a golpe de cruz se abren las dos hojas y un Cristo envuelto en llamas, desnudo y lleno de llagas, abrazado a una cruz no de muerte sino de salvación sale a abrir los Infiernos y a perdonar los pecados.
. La calle de la Hoz recibe en su seno al silencioso cortejo. Las rocas del muro reflejan la ígnea luz de los pebeteros y el poderoso incensario, el brasero oloroso inunda de humo el recorrido. La coral y la JOCI van acompañando la carrera, la suave música mistifica la solemne procesión. Entre rezos y recuerdos por los que ya partieron, la cera va impregnando las calles por última vez esta semana, marcando un recorrido de luz hacia el templo. La noche refresca y la luna ilumina con sus frios rayos la oscuridad de la plaza casi desierta. Las puertas se abren y Cristo entra. Cristo se alza y los demás caemos de rodillas. La JOCI y la Coral han acompañado esta entrada de forma maravillosa con la melodía de Signore delle Cime, un canto que se va perdiendo en una noche mágica.
            Cuando el sol comienza tímidamente a iluminar la bóveda celeste, llega un momento bueno, de descanso y relax. Un momento en el que unos pocos amigos nos vamos a desayunar ya hacer una valoración de una Semana Santa que ya se acaba.
            Después de una mañana de sueño, el bochorno del mediodía da paso a uan tarde de gloria y alegría infantil. Una procesión infantil como no hay otra en ningún lugar. El Ángel Triunfante abriendo, le siguen la Samaritana, la Traición de Judas, San Pedro, la Flagelación, Ntra. Sra. De la Esperanza en la Resurrección, Santa Verónica, Santa María Salomé, Santa María Magdalena, la Dolorosa, Jesús Resucitado, San Juan y la Virgen del Amor Hermoso. Con un jolgorio sin precedentes, en la atestada Esquina del Convento recordamos la Pasión, Muerte y Resurrección con una multitudinaria Cortesía. San Juan y la Virgen, últimos en la plaza, se saludan y prosiguen juntos su camino hacia el final de la procesión donde a los inocentes niños, al relevo de la Semana Santa, les espera un premio de tortas y chocolate. Una Semana Santa toca a su fin.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN: Primer Día, Última Mañana.

            La mañana se levanta despejada, parece dispuesta a dejarnos disfrutar de un último día que el pasado año nos negó. Cristo ha resucitado y el sol nos lo anuncia desde un despejado cielo de vivo azul. En la Esquina del Convento se reúnen las bandas para acompañar a sus guiones hasta la Plaza Mayor. Con sus alegre melodías van despertando de su sueño de Pasión a una Cieza adormecida. Desde Juego de Bolos la Magdalena va bailando al son de “la Tuna Pasa”, y la campana de la ermita de San Bartolomé anuncia exaltada que ya sale la Virgen del Amor Hermoso.
            Una cruz con una guirnalda floral en manos de un Ángel blanco y celeste, el Ángel Triunfante abre la procesión anunciando que Dios ha resucitado. Y como una marea roja y blanca llega la hermandad del Resucitado, Jesús despierta triunfando sobre la muerte, un ángel sostiene la caída losa del sepulcro y Carrillo, autorretratado en el soldado, cae sobre los centros de lirios y rosas. Una sorprendida María Magdalena entra en la Esquina del Convento con el Ecce Homo, vestido ahora de verde, aparecido ante ella. Las Santas Mujeres se acercan al Sepulcro por la Calle Mesones para encontrar un vergel de gloria. También los Discípulos de Emaús samaritanos ven a Jesús. “Quédate junto a nosotros” le dicen mientras se eleva al Cielo en Ascensión, dejando a la Virgen del Amor Hermoso junto a Juan.
            Todos reunidos en torno a los estandartes comienzan la Cortesía. Reverencias, caramelos y flores se funden en un baile eterno. El Ángel Triunfante saluda a todos pregonando “¿Por qué buscáis entre los muertos al que Vive?”, para proseguir su recorrido. Jesús Resucitado saluda a su Madre entre pasodobles. Poco a poco van desalojando la plaza para seguir con la procesión. Solo quedan San Juan y la Virgen, que se saludan mutuamente y caminan de la mano hacia el fin del paseo.
            Con una traca celebran los Dormis, la llegada de su Ángel, con el himno se recoge el resucitado, seguido de la Aparición. María Magdalena continúa hasta su casa, perdiéndose en la calle cadenas. Al son del pasodoble que lleva su nombre, Santa María Salomé baila entre sus cofrades vestidos de negro. Su trono tallado en formas florales y su bello porte apenas precisan ornamentación. Los clavos se transmutan en rosas y la Corona de Espinas florece. María de Cleofás la sigue en su dorado trono. Jesús se aparece a los discípulos camino de Emaús en la calle Santo Cristo, en un camino amarillo samaritano; y en un monte verde verónico, asciende a los cielos.

            La florecida palma de San Juan baila al son de su pasodoble y con el Himno penetra por última vez en la cochera.
La Virgen del Amor Hermoso se va caminando a la placeta del Santo. La campana de la ermitica repica ansiosa en alegre tañido. El pasodoble “Virgen del Amor Hermoso” marca el fin de la Semana de Pasión, de esta Bendita Locura.



viernes, 27 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO... VIERNES SANTO

VIERNES SANTO: Del pretorio a la Cruz, de la Cruz al sepulcro.

            Son casi las nueve de la mañana y la fresca brisa borra los efectos de la falta de sueño. Las negras puertas de la cochera están abiertas y los albos sanjuanistas caminan ante la Sentencia. Desde el pretorio de la iglesia sale con la cruz a cuestas, escoltado por las multicolores plumas y los marciales andares de los “armaos”. Con sus túnicas negras cargan los nazarenos cruces al igual que su Señor, todos coronados de espinas.

            Tras de ti camina tu Madre del brazo de San Juan, en la calle de la amargura llora Ella. En la caída, Simón de Cirene te socorre mientras tus labios claman al cielo. La santa Verónica enjuga tu rostro en un paño, tu Santa Faz resta en su mantel. En el calvario tienes sed y en la cruz vinagre te ofrecen. Y en ella mueres, entregas el espíritu a través del afligido rostro que Antonio Jesús Yuste nos regaló el año pasado. Una lanza atraviesa tu misericordioso costado mientras Longinos en el caballo te reconoce como Hijo de Dios, en medio del sacrosanto silencio del mediodía, de un mediodía eterno.
            Mientras la Magdalena llora, regando el camino de lágrimas, me encamino hacia la plaza, ya uniformado y armado con el oboe. Y cuando el sol ya hiere con sus rayos, el Santo Cristo sale vestido tan solo con un morado tonelete. Los blancos lirios y las rosas rojas alfombran su trono, rodean cariñosamente en un florido abrazo a los ángeles. Los penitentes, con túnicas y cruces, o solo con velones y descalzos te guían y te siguen, sufren tu inmenso dolor. El inclemente sol ya refulge en la Cruz del Santo Cristo, nuestro único consuelo ante el calor. Antes de abandonar el paseo, el sudor nos empapa y el cansancio se acrecienta. El hambre hace acto de presencia al llegar a la Plaza de España. Estamos deseosos de tocar “El Prendimiento”, pues eso significa que ya estamos llegando al fin del recorrido, que el trayecto de San Pedro muere ya.
            El dolor de María es ahora más grande que nunca. Cristo ha muerto y ya reposa en el altar mayor de la Asunción. El Santo Cristo del Consuelo ha bajado de la Cruz y su cuerpo muerto cuelga del retablo. La Dolorosa llora ante la puerta de la Cochera. Un viva, una campanada y un cornetín de órdenes de la OJE manda comenzar el himno. El banderín rinde honores a la Stma. Virgen de los Dolores quien se arrodilla para resguardarse en la Casa de los Santos.
Cristo ha muerto. El Viernes Santo, la Semana Santa ha llegado a su cenit.
La solemne tarde del día de la muerte se tiñe de alegría, los Dormis llevan a cabo su tradicional traslado. El Santo Sepulcro, la Cama de Cristo baila al son de los pasodobles Ciezanos.

            Es desarmante la alegría y la devoción con que los Dormis llevan a su Cama. Nunca se ha visto a un Santo Sepulcro bailar con esa alegría. Solo en Cieza estas bellas cosas pasan. La luz dorada del sol se refleja en las alas de los ángeles dándole un matiz místico al traslado.
            Un terciopelo azul tapiza el cielo mientras el Cristo del Perdón sale de la Basílica. Un azul que pronto se convierte en luto. Cristo muerto sobre la Cruz abre la procesión del Santo Entierro. En la oscuridad de la calle San Pedro, Nicodemo se encarama a la cruz y pasa un sudario por los brazos del divino cuerpo. San Juan y José de Arimatéa reciben al Señor en sus brazos. María Salomé guarda clavos y corona al pie de la Cruz, junto a María, que solo guarda dolor y lágrimas. Su mirada perdida se arrodilla junto al madero con su hijo en brazos. La Piedad sale de la Iglesia. Capuz supo plasmar ese dolor tan intenso de María con tal sutileza que parece real la imagen. Mil emociones confluyen en ese rostro divino. Ntra. Sra. Del Mayor Dolor deja yacer al Divino Redentor a sus pies en el suelo para sentarse ella sola de nuevo, recostando su cabeza en el leño, y llora, llora en ríos de Amargura. La Virgen derrama su corazón roto con los lacrimales. María de Cleofás y María Magdalena, todas ellas en dolor, recogen a la Señora y la acompañan a velar al Hijo, mientras ven alejarse a José de Arimatéa con el cuerpo hecho pedazos hacia un sepulcro nuevo.
            El recorrido completo tras la Santa Cruz no agota esta noche, solo es un rezo más. Las bellas marchas vuelven a sonar a través de mis dedos, a través de las bandas cuyo trabajo es poco menos que indispensable para que la Semana Santa suene como debe. Su temperamental canto nos cuenta historias de pasión, de amor sobrehumano y de devoción. Santo Traslado, Solemnidad, Adoración, MEKTUB, Mater Mea… todas ellas diferentes y todas iguales. Solo son música, el más grande rezo al Dios del Cielo, a un Dios que murió por nosotros.
De nuevo “el Prendimiento”, por última vez su marcial solo se funde con la dolorosa luz de las tulipas. La cruz se guarda en la sobrecogedora atmósfera que conforman las bóvedas de la Asunción. Tras ella, escoltada marcialmente, levita la Cama de Cristo. Un luminoso sepulcro, obra maestra de Carrillo, viene guardado por los Armaos. Al llegar a Diego Tortosa, la Virgen de Gracia y Esperanza mira por última vez a su Hijo. La Cama de Cristo se mece ante su Madre, ante una Esperanza que llora y deja una rosa antes que la losa se corra rotundamente.
  
Santa María Salomé guarda consigo los clavos y las espinas que han sacado sangre y dolor al Cristo, al Señor. Su hijo, el joven San Juan, desconcertado conforta a una doliente Virgen, vestida de luto y Soledad.
María Stma. de la Soledad, desamparada y atravesada por el dolor, velada por sus dolientes lloronas camina lentamente hasta la Basílica. El “Canon en Re Mayor” de Pachebel aporta solemnidad al silencio que reina en la Plaza a oscuras. Solo la velada luz de la Soledad que camina al interior del recinto ilumina nuestro dolor y, al son del Himno Nacional, María reposa en el Suelo del Templo. La tierra ha temblado y se ha calmado. Dios ha muerto.



jueves, 26 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO...JUEVES SANTO

JUEVES SANTO: Solemnidad y Silencio.

            Cuando el día empieza a menguar y la tarde florece, comienza en plenitud el cenit de la Semana Santa. Jueves Santo. Como buen cristiano, me dirijo a participar de los Oficios, la Celebración de la Cena del Señor; aunque este año la vivo de una forma especial, como “organista” en el Convento, acompañado de un coro compuesto por familia y feligreses de San Joaquín. Entre incienso y música transcurre la Eucaristía más importante de todo el año. Cuando el silencio que sigue a la procesión hasta el Monumento ya reina, recojo mis papeles y partituras y me dirijo hacia la calle Diego Tortosa. Ya armado con mi cámara, veo pasar las más de cincuenta filas de manolas que acompañan a la bella imagen de las claras, la Virgen de Gracia y Esperanza.

Las calles están este año mucho más llenas de ansiosos espectadores que en pasados años, los flashes se ven en más esquinas y en más cantidad, sin embargo, el delicado caminar de los tronos, el sutil mecer del palio de la Virgen de Gracia no cambian. Mientras se acerca hacia la calle del Barco, las manolas ya se encuadran perfilando la entrada a su casa. En la calle Diego Tortosa no cabe un suspiro, con Caridad del Guadalquivir se acerca María a su Cruz Guía y su estandarte. EL trono se arrodilla y lentamente va penetrando en la casa de su hermandad. Con un poema, Ntra. Sra. De Gracia y Esperanza se despide  un Jueves Santo más de sus hijos, los Hijos de María.
Son casi las doce de la noche, el Viernes Santo está a punto de comenzar, mas no todo es tranquilidad. La Iglesia de la Asunción tiene a sus puertas una multitud impaciente, sus paredes albergan un bullicio de miradas que confluyen en la marmórea capilla donde nace un bosque de cipreses negros, una cordillera de capuces en torno a una cruz plana que sostiene a un Cristo agonizante. Desde el ambón, d. Antonio Muñoz nos invita al silencio, a la oración ante el Monumento, el altar donde Jesús reposa esta noche. Solo la luz de esta capilla perdurará hasta que el Cristo vuelva.
Súbitamente, toda luz se apaga al tiempo que las campanas de las doce llaman al Silencio. Se abren las puertas y el pendón de la Agonía brota junta a un río de negros nazarenos. La única luz de los cirios luce, pues las estrellas no son más que las velas de aquellos que partieron. La luna, María, desde el cielo ve clamar a su hijo. La morada luz del trono abre camino mientras el adagio y el sordo redoble del tambor retumban en las paredes hacia una plaza plena de anhelantes espectadores. El Silencio a comenzado.

            El lento desfilar de Nuestro Señor se recrea en el saludo a las Monjas Claras mientras la noche se rompe en la garganta de un saetero. Yo también quise esa noche elevar mi oración al cielo. Primero desde el órgano del Convento, mientras el Adagio de Albinoni, Signore delle Cime, y Air de Bach sonaban tanto fuera como dentro del templo. Mientras la efigie que la mano experta de González Moreno talló guiada por el Espíritu avanza, corales y poetas le cantan y le rezan. Yo, en la misteriosa calle del barco quise sumar mi voz a la de ellos abriendo mis labios en un arrebato de fe y devoción.
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Soneto a Jesús Crucificado

            Luna y Cristo, Madre e Hijo se encuentran en el trayecto de la hoz. La noche se cierra mientras suena Air de Bach y el Cristo de la Agonía flota sobre un camino de cirios y arrodillados nazarenos. La música no se calla ni las luces del pueblo brillan hasta que el pequeño trono que recrea el calvario del excelso Crucificado no apaga sus faroles. Este es otro de esos momentos de la Semana Santa que me sacan lágrimas, el momento en que la tenue luz del Cristo rompe la oscuridad aterciopelada que oculta a la Virgen de la Piedad. El Cristo de la Agonía descansa ya en el misterioso silencio de su capilla, en sus fríos y sepulcrales mármoles aguardando un nuevo Jueves Santo. Pocas horas restan para que el sol salga, para que la aurora nos sorprenda con un nuevo Viernes Santo.


miércoles, 25 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO... MIERCOLES SANTO

Volvemos la vista hoy hacia el Miercoles Santo, uno de mis días predilectos en Cieza.

MIERCOLES SANTO: Alegría y Pasión

            La tarde del Miércoles Santo es sin duda uno de mis momentos favoritos de la Semana Santa. Cuando el sol del mediodía todavía está en alto, los tercios infantiles de los Dormis, la Samaritana y el Judas comienzan a desfilar. Es desarmante ver con qué alegría los niños cargan con los pequeños pasos, cómo ríen y se lanzan caramelos mientras avanzan hacia el paseo.
  
            Y desde los Ejíos, con el incomparable e inconfundible fondo de la Atalaya, el Castillo y la Huerta del Segura a sus pies, un rio blanco nace. San Juan comienza su traslado. La Traída de los Santos, una hermosísima tradición ciezana, se recrea bajo los árboles del Paseo mientras los sanjuanistas cantan:
San Juan, San Juan se va a caer
San Rafael lo va a coger.
Su alegre paso lleva en pos
Rosas de abril, nostalgias de pasión.
(Himno de San Juan)

            Con las últimas luces que despide el sol antes de esconderse tras la Atalaya resplandeciendo en su juvenil rostro, el amado Apóstol entra en la Iglesia.
            Como un nuevo Segura, nace a esta hora de la tarde un torrente de sentimiento Magdaleno desde la calle Juego de Bolos. Los pasodobles resuenan, los zapatos rechinan con el caramelo y la cera adherida a los suelos.
  
             “La Tuna Pasa” baila a la Magdalena mientras mece su rizada y cobriza melena. Se va acercando a la Cochera y, al igual que los Santos Juanes, crea su propia cortesía con las dos Santas, la grande y la pequeña. Una vez entra en la cochera Santa María Magdalena, todos vamos corriendo a nuestras respectivas casas a prepararnos para la Procesión General.
            Suena “Mater Mea”, la Samaritana ya abre la procesión. Le siguen la Unción en Betania, el Prendimiento, San Pedro y la Coronación de Espinas, escoltada siempre por los marciales armaos. La verónica vuelve a enjugar el rostro de Cristo con el ondeante paño, el del Ecce Homo que la precede. Ha llegado la hora para mí. Dejo la cámara y cojo el oboe, mi fiel compañero con el que tantas noches de procesión he compartido. Veo pasar el noble Cristo del Perdón y, cuando la Magdalena enfila ya la Calle del Cid una fila inmensa de rojos nazarenos se agolpa bajo el humo de los incensarios. Una luz de rojo intensísimo tiñe de dolor y consuelo el añejo arco de la puerta y, al son del Himno de España, sale el Santo Cristo del Consuelo.
El desorden de los primeros instantes, marcado por las típicas preguntas << ¿Las filas de cuantos?, ¿Qué marcha va?>> se corrigen en pos del paso que una caja marca contra viento y marea. Se desliza la Cruz de un Cristo, casi rozando las fachadas de la calle del Cid. Las galas se mecen majestuosas con cada paso, al igual que oscilan con fuerza las borlas de los cordones que sostienen el madero. Ahora, en el silencio que reina durante estos momentos, el Himno vuelve a estallar tras de nosotros: la Dolorosa sale presidiendo, siguiendo a su hijo muerto, al Consuelo.
Si puede ser un tanto imprecisa como corta mi experiencia como andero, cinco años al servicio de la música escoltando al Santo Cristo me otorgan una visión más amplia de lo que significa ser músico en Semana Santa. Siempre hay cierto grado de revuelo, preguntas sobre qué marcha va, cuánto nos queda o sobre cualquier aspecto de los desfiles; nos ayudamos unos a otros a cambiar las partituras, a calmar la sed. Bromas y conversaciones tanto banales como profundas se dan a lo largo de las filas de la banda. La compasión aflora junto con una sonrisa de compañerismo cuando a cualquiera se le caen los papeles, a fin de cuentas, a todos nos ha pasado alguna vez. También están las críticas y las quejas de los compañeros más ateos, quienes solo desfilan por trabajo. Sin embargo, hasta ellos “se ponen firmes” cuando tocamos algunas marchas que, musicalmente hablando, reverencian. “La Cruz de Doble Brazo” es una de ellas. Por mucho que la escuche, es incomparable a la sensación de tocarla en todos los sentidos, como siempre, en el trayecto de la calle larga a la Esquina del Convento. Tanto es que siempre llego al borde de las lágrimas. Al menos unos segundos después de que sus notas desaparezcan, se crea un clima de quietud, mientras su magia se disuelve. Después vuelve el familiar revuelo, pero siempre manteniendo la profesionalidad del músico, siempre respetando hasta la última ligadura, hasta el más insignificante matiz.
Sin embargo, cuando la calle Mesones desaparece bajo nuestros pies y la calle cadenas se presenta ante nuestros cansados ojos, el agotamiento se acrecienta. Es hora de alentarnos unos a otros con el típico “venga, que ya falta poco”
Al doblar Diego Tortosa, cuando el campanario asoma entre los edificios, la voz de nuestro director se levanta para indicar una marcha que nosotros ya sabíamos que iba a poner. Quizás, sea su composición predilecta; quizás le guste ponerla la última como un sello personal, como una firma propia; o quizás solo crea que el marcial solo de trompeta sea la melodía perfecta para que el Santo Cristo se meza frente a la puerta de la Iglesia. De cualquier forma, este año no podía ser menos, el Prendimiento de Fco García Alcázar es la elegida para cerrar nuestra actuación mientras el Santo Cristo se acerca paso a paso y se recrea en la Plaza Mayor, en un silencio sepulcral. Al son del Himno Nacional que resuena de nuevo, el Cristo del Consuelo vuelve a la Basílica. La Dolorosa ya aparece siguiendo la estela morada de sus cofrades, como si fueran gotas de la sangre de su Hijo. Rápidamente he cambiado música por fotografía para despedir e inmortalizar como se merece a la Madre del Miércoles Santo.



martes, 24 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO...MARTES SANTO

En este lluvioso día, echamos la vista atrás para recordar el pasado Martes Santo.

MARTES SANTO: ¡¿A Quién Buscáis?!

Es Martes Santo, los “Armaos” ya buscan al Nazareno. Antes del mediodía está todo listo: las flores clavadas, la mesa puesta, los olivos plantados. La hora llega y el escenario se ilumina ante la atestada plaza. El alcalde toma la palabra, por unanimidad, el ayuntamiento otorga la máxima distinción a nuestra JHP centenaria: el Escudo de Oro de la Ciudad.
            Suenan los clarines:
-          ¡Pueblo de Cieza, acude a la llamada!
-          ¡Es la Convocatoria, es la convocatoria!
-          ¡Pueblo de Jerusalén, acude al Prendimiento de Jesús, el Nazareno!
-          Silencio, escuchad, silencio, silencio…
Jesús, a hombros de los hijos de María, parte el pan y el vino, lava los pies a sus apóstoles y anuncia la traición. Caminan a Getsemaní, funestos presagios da Cristo quien, momentos después, suda sangre mientras un ángel le conforta bajo un olivo, mientras sus amigos duermen. “Aquel a quien yo besare, ese es, prendedlo.” Con un beso, Judas traiciona al Hijo del Hombre y Jesús, lejos de resistirse da una lección de misericordia a Pedro y, sabiendo que llegó la hora, espera paciente al tropel que con antorchas y palos viene a prenderlo. Retumban los tambores en la Hoz y los “Armaos” aparecen tras un destello formados frente a la fachada de la Asunción.

-          Salió Jesús a su encuentro y le dijo:
-          ¿A Quién Buscáis?
-          A Jesús, el Nazareno.
-          Yo soy.
Un redoble prolongado, se apagan las luces y el trono del Nazareno ilumina el arco al tiempo que los armaos caen de rodillas ante el Cristo.
-          ¿A quién buscáis?
-          A Jesús, el Nazareno.
-          Ya os he dicho que soy yo. (Otra reverencia)
-          ¿Para qué lo queréis?
-          Para prenderlo.
-          Aquí me tenéis, haced de mí lo que queráis.
Después del apasionado sermón de d. Antonio Muñoz y la tan afamada escena final, Jesús Nazareno sale escoltado y maniatado por los armaos hacia la calle del Cid. Es la hora de dejar la cámara y coger la túnica morada de andero del Nazareno. Una vez ataviado, a toda prisa bajo hasta el rincón de los pinos donde mi padre me espera con el resto del relevo, mi primer relevo.
Hay que ser andero para entender lo que se siente. El trono es un ser vivo cuya voluntad es difícil cambiar. SI no quiere coger el paso, habrá que pararlo y cogerlo bien, si se balancea hacia un costado, solo un titánico esfuerzo de las varas y su cabo podrán enderezarlo. Un reparto bueno de alturas es imprescindible para mitigar el peso del trono y el daño que este puede infligir a tus hombros y espalda. Mientras vas avanzando, te das cuenta de que casi nadie percibe que los anderos o incluso el trono están ahí, se funden en una imagen borrosa sobre la cual camina el Nazareno. El momento más grande de la noche llegó cuando hubo que pasar la tensión de la calle de la hoz y el paso ligero de la entrada a la plaza. Suena hermanos costaleros y el Nazareno entra en la Basílica con la cabeza gacha, prendido hacia el sanedrín.


lunes, 23 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO...LUNES SANTO

Seguimos el recorrido por la pasada Semana Santa con el extraordinario Lunes Santo.



LUNES SANTO: El Via-Crucis del Centenario.

Llega el Lunes Santo, morados lirios bordean la madera tallada del trono, un mar de sangre en rosas cuajada baña el campo a sus pies. Y sobre este mar de dolor, una orquídea blanca que brota como la luz del sepulcro. Un ángel a sus pies y una mirada dolorosa ya aguardan en la capilla del Yacente. El Cristo de la Sangre está preparado. Mientras se hace la hora, los santos se pones a ras de suelo, se bajan de sus tronos para recrear un monumental Via-Crucis…

A los pies del campanario brotan un olivo y una palmera sobre un dorado trono, un ángel conforta a Jesús mientras Pedro, Santiago y Juan duermen en Getsemaní. La Oración del Huerto, el primer paso hacia la cruz. Al doblar la Calle de la Parra, el Beso de Judas de Carrillo espera desde una temprana hora de la tarde. Judas pelirrojo serpentea hacia la mejilla de Jesús mientras un soldado busca las manos de Cristo con una soga. En el recogimiento de la Plaza del Comisario, acusado por un sanedrín, la larga melena y la serena y cansada faz de Jesús de Medinacelli se recrea aguardando el Vía-Crucis. Sobre un pedestal en la Calle Larga, un gallo canta y el anciano Pescador de Hombres llora, llora haber negado a Cristo. Tras las rejas de un patio alfombrado de mármol, Pilatos se sienta en su trono recibiendo en la Calle Larga la Sentencia del Ecce Homo de González Moreno. Su regia efigie se mantiene serena mientras los transeúntes observan la muda escena de un juicio injusto. Bajo un arco en Buitragos, un soldado llamado Braulio descarga todo su odio a través de una caña sobre la corona de espinas que lacera las sienes de un sangrante Hijo del Hombre, sentado en el banco que creo Zafra. Jesús es Coronado de Espinas en Buitragos.

Al llegar a San Sebastián, sobre la acera camina un Nazareno, coronado de espinas, cargado con una pesada cruz y escoltado por dos firmes armaos. Nuestro Padre Jesús Nazareno riega el suelo de la calle con lágrimas de sangre. Avanza hacia la Esquina del Convento, donde un tropiezo le aguarda. Una caída sobre un dorado trono. Alza el Señor la vista al Cielo mientras Simón de Cirene recoge la cruz, te ayuda a cargar con ella. Si Tú necesitas ayuda, cuanta más precisaré yo. “No lloréis por mí, llorad por vuestros pecados.”, nos dices al llegar a Correos. El rostro del Jesús del Encuentro dialoga con las tres Marías: de Cleofás, Magdalena y Salome. Las Santas mujeres lloran y Tú las consuelas mientras sigues avanzando hacia la cruz.

Enmarcado bajo el Arco de la Claras, frente a una familia nazarena, clavado en una cruz clama al cielo en agonía. La gran obra, el perfecto cuerpo que González Moreno talló guiado por la mano del Espíritu Santo, el Cristo de la Agonía se recrea como cada Jueves Santo frente a las puertas del monasterio.

“Esta noche estarás conmigo en el paraíso”. En el incomparable escenario que conforma la fachada del conservatorio Maestro Gómez Villa, el Cristo de la Sed, en un clavario perpetuo, sigue perdonando a Dimas; sigue teniendo sed de fe, amor y paz.

“E inclinando la cabeza, expiró”. Nuestro compatriota Antonio Jesús Yuste nos regaló el año pasado lo mejor de su genio: un Cristo ya muerto cuyo rostro congelado en plena caída refleja dolor, angustia al mismo tiempo que el amor que le llevó a sufrirlos. A sus pies, la Dolorosa con su manto azul y su vestido del mismo rojo que la sangre que mana de su corazón atravesado, siempre acompañada por un juvenil San Juan, con el dedo siempre enhiesto marcándonos “Ahí está el Señor”. Solo resta la muerte. En Cánovas del Castillo expiraba y en la Hoz es atravesado su divino y misericordioso costado. Su cuerpo cuelga del árbol de la cruz, su rostro está tranquilo, sereno. El Cristo de la Misericordia parece dormir en la Hoz. Ahora su cuerpo es sustituido por un sudario de encaje. Bajo su lúgubre sombra, un Mayor Dolor no ha habido. Yace el Cristo en el suelo, lo llevan al sepulcro. María llora desconsolada. Sin embargo, aun queda la esperanza. Más allá en la misma plaza un ángel sujeta la losa y el rostro de Carrillo cae petrificado junto al soldado del sepulcro. Entre nubes y luz, Cristo resucita.

Ya es la hora, suena Soledad Franciscana y una campanada de plata emite su fúnebre tañido. El Cristo está en la calle. El Cristo de la Sangre recorre esta noche el mismo camino que hemos hecho nosotros. Las dolientes marchas lo acompañan calle a calle hasta llegar otra vez a la plaza. Suena Crucifixus mientras ya su augusta efigie se pierde en la iglesia. No se ha ido del todo, una flor de sangre, una rosa encarnada yace olvidada en todos los altares. Crucifixus se pierde en la oscuridad de una noche irrepetible.


domingo, 22 de marzo de 2015

EN EL RECUERDO... DOMINGO DE RAMOS

DOMINGO DE RAMOS: La hora llegó.
Suena el despertador, me levanto y comienzo con el cotidiano ritual de cada mañana, pero no es una mañana cualquiera. Es domingo de Ramos. Bajo a escuchar misa a la Asunción. En el evangelio de hoy los lectores y el sacerdote nos relatan lo que ya ocurrió y lo que va a ocurrir esta semana. Jesús celebra la pascua, es prendido y juzgado, carga con la Cruz, muere y es sepultado. Recojo un ramo de olivo y vuelvo a casa para buscar la cámara. Allí un revuelo de túnicas negras se hace presente, mis primos, mi hermano y mi madre, todos listos para, cuando pase la procesión engancharse a ella. Sólo es un ejemplo de lo que ocurre esta mañana en tantas casas.

Calle Cartas, un bosque dorado de palmas se alza sobre un mar morado dormi que, poco a poco va fluyendo hacia la Plaza Mayor. ¡Cling! ¡Cling! Suenan “Los Dormis” y la palma de San Juan comienza a mecerse con ese ritmo que solo los Dormis saben llevar. Bajo la puerta de la cas dormijosa ya camina Jesús montado en su “Burrica”. La Plaza Mayor está alfombrada de terciopelo multicolor sobre el que nace una selva dorada, un vergel de palmas a la espera de que don Antonio las bendiga.

Cieza se viste de Semana Santa. Una alfombra infinita de nazarenos recorre ya el paseo cuando la Burrica apenas ha doblado la esquina de “La Cañeta”. El sol comienza a cobrar fuerza, sacando sudores a más de uno. Pero nuestra alegría, fe y determinación son más poderosas que este calor. Jesús entra triunfalmente en la Jerusalem ciezana. Esquina del Convento, Paseo, Buen Suceso, Plaza de España; todas han esperado durante meses este momento, el instante en que el rostro que Carrillo talló alce la mano para bendecirlas. Angostos, Tercia, Santo Cristo, San Pedro. La gente se agolpa en sus aceras para ver pasar al Señor, a quien han acompañado durante esta mañana. La calle Cartas está llena, la cochera dormi abierta y la Burrica bailando a sus puertas. La Semana Santa ha llegado.

El mediodía avanza hacia las seis de la tarde, los jóvenes celebran este día a su manera a los pies de una ermita cuyas rejas vuelven a abrirse por primera vez desde el año pasado. Los bancos de la iglesia están apartados y el recién restaurado trono luce entre flores y ángeles un Cristo en una nueva cruz de refulgente oro. Dos tañidos de campana y la torre empieza a doblar, un redoble de caja marca el comienzo del Himno Nacional. El sol ilumina el rostro de nuestro Cristo Bendito. El sudario se riza entre vivas al amparo de la Cumbre Airosa y, a paso ligero, avanza ya hacia la cuesta. El Santo Cristo del Consuelo baila en la plaza de su ermita y, antes de salir de ella, se vuelve para saludar a sus monjicas, sus hijas fervorosas que todos los días del año lo guardan y custodian. Al llegar al Camino de Madrid, refrena su paso orlado por todo un pueblo, un mar de gente que se encauza en la calle cadenas llevando al Cristo a desembocar, a través de la calle San Pedro, en la Plaza Mayor. Gira ante la puerta y saluda a todo el pueblo congregado ante la fachada. Vuelve a sonar el himno y entra. Dos toques de campana y el órgano empieza a cantar el “Cristo Bendito” hasta reposar finalmente en el altar mayor.


EN EL RECUERDO...

Como dije en un video hace cierto tiempo, que mejor forma de prepararnos para una Semana Santa que recordando la siguiente. Por eso hoy inauguramos para toda esta semana una nueva sección titulada: En el Recuerdo. En la primera entrega os traigo la Cuaresma y el Domingo de Ramos 2014, una crónica que redacté el año pasado.





SEMANA SANTA DE CIEZA 2014


AÑO DEL CENTENARIO DE LA JHP

Lunes de mona, llueve y brilla el sol al mismo tiempo en un día gris de abril mientras yo escucho “la madrugá”. Parece que era ayer cuando aún contábamos días, cuando decíamos <>;. Llueve, el agua humedece las calles tratando de borrar los restos de azúcar y cera del pavimento. Llueve, mas no es el cielo, son mis ojos que riegan el papel al tiempo que veo pasar de nuevo a la Virgen del Amor Hermoso hacia la ermita de San Bartolomé. Tanto tiempo esperando y, en apenas un suspiro, se ha ido como la brisa a través del tiempo. Ahora es el momento de recordar como ha ocurrido pues, si en un suspiro se fue, una eternidad parece haber transcurrido desde entonces, aunque se fuera ayer. Volvamos atrás en el tiempo, apenas mes y medio atrás, un miércoles gris de marzo, gris de ceniza en que todo comenzó, como siempre, con el sordo redoble de un tambor en la profundidad del tiempo, en la noche ciezana anunciando: “Despierta, Cieza, despierta que ya es la hora, despierta, despierta…”



CUARESMA: La espera toca a su fin.

En la quietud de la noche ciezana del 5 de marzo no todo es tranquilidad. Figuras enfundadas de túnicas negras se escabullen por las esquinas buscando sigilosamente la Plaza Mayor, cada vez más llena de tamboristas. Súbitamente, el reloj marca las nueve y las campanas de la Asunción lo anuncian. Un potente estruendo se crea, la Tamborada ha comenzado. Cientos de tamboristas recorren las calles ciezanas buscando despertar a Cieza de su extenso letargo. Cieza que, aún medio dormida, busca a tientas la luz de un cirio. La noche termina igual que comenzó: con enlutadas figuras que pregonan a golpe de tambor “Despierta, despierta…”

Parece que todo ha sido un sueño cuando el sol despunta con el horizonte, la huerta sigue floreciendo y todo sigue igual, o no… Algo ha comenzado. En un tímido balcón ya aparece una colgadura, una tintorería luce en sus perchas la túnica de algún rezagado que ha esperado hasta ahora para limpiar cera, flor e incienso del terciopelo. He de recordar aquí a los compañeros del programa radiofónico “El Guión” quienes incansablemente cada semana intentan hacer más amena la espera a Cieza, por su Semana Santa.

Viernes de Cuaresma, Jesús de Medinaceli asoma su tez morena por las puertas del convento y se deja besar los pies por todo aquel ferviente devoto que quiere hacerle promesas. 

Tú recorres las calles ceñido de morada túnica, tu corona de espinas en la sien y las manos atadas recordando el Via-Crucis, el camino hacia la cruz que recorriste por mi amor.

Parece que es la hora, pero no es la hora. Un tambor resuena en la marmórea capilla del Stmo. Cristo de la Agonía. Es una tarde de Domingo, la iglesia llena de velas y las voces de un coro que se entrelazan con la del imponente órgano acompañando al agonizante Cristo hacia el altar desde el que presidirá la eucaristía en sufragio de las almas de sus hijos dormidos en la espera de la resurrección. Oscuridad, silencio, un sordo tambor, un coro casi celestial, las lágrimas de D. Antonio Muñoz, cofrade del año de tu hermandad, te acompañan de vuelta a tu trono recreando un Jueves Santo que aún no ha llegado. Una oración y ya descansas a lomos de tu trono, erguido en una eterna agonía.

Cada vez queda menos, los días se escurren hacia un domingo de sol y palmas. Siempre queda la esperanza. Hijos tuyos somos, hijos de María; y en las vísperas de la pasión acudimos a nuestra madre. Arrullada entre violines, escoltada por sus hijos camina la Virgen de Gracia y Esperanza, con una corona de espinas entre sus delicadas manos, hacia el altar, hacia el trono al que la alzan cariñosamente sus hijos. Recorre las calles a hombros de sus anderas con el suave mecer tan ciezano que hace creer al espectador que trono y anderos no existen, sino que es María quien camina…

Poco a poco, los minutos se hacen horas, las horas, días; los días, semanas. Y, sin darnos cuenta, queda ya solo una semana para la Semana de las Semanas. La Iglesia de la Asunción se viste de pasión, las calles se engalanan de colgaduras moradas, rojas, negras…; la Casa de los Santos bulle de actividad y un gallo canta desde la lejana San Juan Bosco. Pedro vuelve a negar al Señor esta noche. Túnicas de azul y dorado inundan las calles como un rio sampedrista hacia la Casa de los Santos. 

Ya el sol asoma en el horizonte, todo parece tranquilo, sin embargo, los Armaos en coalición con la OJE tocan diana bajo un solo lema: “¡Es Domingo de Pasión!¡Despertad!¡La Semana Grande está cerca!” Y la plaza mayor se tiñe en terciopelo multicolor y se desparrama en un arcoíris hacia la calle del Cid. Los guiones y estandartes de nuestras cofradías desfilan ya por el paseo bajo el hiriente sol que parece incluso congelarse al llegar al Monumento al Nazareno. Bajo la luz de las doce, la oración de una trompeta parece llegar mejor al cielo donde reposan los cofrades dormidos. Ya dentro de la Basílica, el siempre emotivo pregón, este año a cargo de d. Ramón Luis Valcárcel resuena en las altas bóvedas junto con el Solo de Gómez Villa, el solo de Semana Santa Ciezana. Apenas un suspiro, ya se huele a Semana Santa: a mañana mojada y a palma, a incienso y a torta de pan dormido, ya se saborea el gusto de las flores y los caramelos, ya se palpa el terciopelo, ya se ven las calles rezumar cera, ya para el oído que se aguza se intuye el estruendo del protón de la Cochera y la sutil melodía de una marcha que se escapa del tiempo. Ya poco falta, ya poco falta…



ÚLTIMOS SUSPIROS: Viernes de Dolores y Sábado de Pasión.

Ya resuenan los tambores, ya las marchas cantan desesperadas de pasión, ya es la hora, ya es la hora. Es Viernes de Dolores, los colegios sacan a los más pequeños en tamborada mientras que en la calle Cánovas del Castillo se ponen a punto los últimos detalles para que esta tarde todo sea perfecto. Resuene el Tambor porque ya es la hora, ¡Suene el Tambor!

A eso de las cinco, la calle Cánovas del Castillo comienza a bullir de actividad, decenas de “manolicos y manolicas” se reúnen, como cada año para participar en la procesión de los Niños de la Cruz. En el bajo ya aguarda la primera obra semanasantera de nuestro artista en ciernes José Fco García, nuestro querido Pepe Paco: una pequeña cruz con dos ángeles a sus pies. En la iglesia, orlada por velas, resguardada bajo su palio y acompañada por sus jóvenes anderos, la Virgen de la Estrella ya está presta a salir a la calle, abriendo el Viernes de Dolores. Todos estamos impacientes, la hora se acerca, las puertas están abiertas. Y, de repente, el cielo primaveral nos sorprende con una tormenta. Todos nos refugiamos corriendo en el templo bajo el amparo de nuestra Estrella. Sin embargo, los ánimos no decaen, “la procesión va por dentro” literalmente, la Virgen recorre los pasillos de la iglesia al son de “La Caída” y otras marchas insignes. Finalmente, sale a la calle para recogerse en el bajo de la Calle del Cid, meciéndose hacia la sombra del edificio con “Caridad del Guadalquivir”. Hasta año que viene, en que una tarde de Viernes nos volveremos a encontrar, rezando al cielo para que no llore y podamos desfilar.

Viernes de Dolores, dolor, penitencia, via-crucis. A través de las añejas puertas del convento asoma la tez morena de Jesús de Medinacelli. Su oscuro pelo se enreda en la trenza dorada de espinas que lacera sus sienes. La lluvia de la tarde ha desaparecido y las últimas luces del día saludan al Cristo que recorre por última vez este año las calles del casco antiguo sobre su tallado trono y su esbelta peana. Otra vez te niega Pedro, de nuevo Pilatos se lava las manos y Barrabás es soltado mientras azotes te llueven a la espalda, de nuevo cargas con tu cruz y, aún así, tu cansada faz encuentra fuerzas para sonreírme y decirme “no llores por mí”. Poco a poco, paso a paso caminas hacia la plaza donde tu madre te aguarda. Allí, cientos y cientos de personas te esperan y, entre ellas, nace el silencio cuando una voz devota canta el Ave María mientras tu Madre Dolorosa llora, pues es la última vez que te ve. En ese instante, todo desaparece, solo existen María de los Dolores y Jesús de Medinacelli. ¿No parece que María no quiere apartarse? Sabe ella que a su Hijo, al cruzar la puerta, solo le espera la cruz, mas Él replica “Mujer, déjame cumplir la voluntad de mi Padre”; y ella vuelve a recordar aquellas palabras entregadas al ángel “He aquí la esclava del Señor”; y con un llanto de cristal, profundo como el océano, se aparta y deja paso a su Hijo, a su Señor.

El redoble de la OJE ya marca el paso mientras la Virgen de los Dolores enfila el paseo acompañada por sus hijos, portada por sus devotos anderos y escoltada por las dos grandes agrupaciones musicales de Cieza: Medina Siyâsa y Averróes de la OJE. Avanza por Plaza de España, Buen Suceso, Angostos, Tercia, Santo Cristo, Cánovas del Castillo, San Pedro y pro fin penetra en la Plaza Mayor. Ni un solo alma fervorosa cabe allí. Ambas bandas están prestas a lucir sus mejores marchas y todo para honrar a María, la Dolorosa. Se mece ahora frente al portón, suena una campana, un cornetín de órdenes y la marcha real irrumpe en el oído. La Virgen va entrando por el arco y, bajo él, se detiene como si no quisiera irse nunca. Un golpe sordo al cerrarse el portón que, apenas unos minutos después se vuelve a abrir. Un Cristo noblemente muerto, un Cristo misericordioso inclina la cabeza colgado del madero con tal naturaleza que parece dormir. Solo un centímetro de ropa separan la piel del cofrade del Árbol de la Cruz. Una oración y parte hacia la misteriosa calle de la hoz, sumergiéndose tras ella en las calles añejas que une río y urbe. Minuto a minuto, la noche se convierte en madrugada y las puertas de la Casa de los Santos se abren. Tenue luz, místico canto y Cristo sube a su trono para recibir una lanzada en su piadoso costado. El Cristo de la Misericordia se yergue ya en su trono hacia un Viernes Santo eterno.

Ya es Sábado de Pasión, todo el pueblo está expectante de lo que está por ocurrir. Ya es Sábado de Pasión. El sol se esconde tras la Atalaya y nuestros pasos se encaminan hacia el Convento.

Los pies del Cristo del Perdón han sido besados y adorados esta tarde y sus cofrades, vestidos de terciopelo marino llevan en sus hombros la cruz desnuda con la que se funde el Cristo, ese bello Cristo apenas policromado. En el trono acostado lo depositan cariñosamente y todo está ya preparado para salir; mas unas malhadadas frías gotas comienzan a alfombrar el pavimento, una tormenta de infortunio que, a pesar de los ruegos y la paciencia, no amaina. Otra vez el agua evita que la cera vuelva a impregnar las calles. El Cristo del Perdón se queda en el Convento. Yo, entonces, me acerqué al armonio que tantas veces he tocado siguiendo los pasos de mi abuelo y comienzo a interpretar las notas que ideó en su día José Gómez Villa: “El Cristo del Perdón”. La lluvia desaparecerá durante la noche y no volverá hasta que la Virgen del Amor Hermoso se haya encerrado.

Y, poco a poco, segundo a segundo, la noche se convierte en madrugada, la madrugada en aurora y, de repente, la Atalaya recibe el saludo del sol, un sol madrugador que anuncia la Mañana. Una mañana de color morado, una mañana de domingo. Una mañana de olivos, palmas y ramos.